Cuando perdió el equilibrio y cayó al vacío, el tiempo de la caída fue un instante. Su espalda golpeó el piso y sintió primero como una aguda puntada en la base del cráneo, y después la oscuridad. Cuando se despertó se dio cuenta que estaba en una cama rara, con el elástico doblado y al mirar, sólo divisó la sábana blanquísima sin un pliegue y sus brazos como paralelos, inmóviles. No le costó mucho darse cuenta de que no podía mover ningún músculo, ni siquiera girar la cabeza. Ahora el tiempo iba muy lento, casi no no se movía. A lo lejos sentía de vez en cuando unas campanadas: primero ding-dong; al rato ding-dong-ding-dong; después ding-dong-ding-dong-ding-dong, y finalmente ding-dong-ding-dong-ding-dong-ding-dong dong dong. Empezó a contar los minutos entre campanadas y logró imaginar la cadencia exacta para hacer coincidir los 15 minutos con la siguiente campanada. Después, lo mismo con los segundos. Y ahí le vino la duda de si era su mente la que medía el tiempo, o si el lejano reloj se sincronizaba con su pensamiento. Probó entonces de acelerar la cuenta, y las campanadas vinieron antes, y de retardarla, y las campanadas vinieron después. Podía graduar los instantes y le gustó la idea: ahora la noche pasaba más rápido y el sonido de un pájaro se prolongaba en cámara lenta. También podría vivir más, si así lo quisiera. Tal vez eternamente, exageró. O acelerar la llegada del futuro para ver si aparecía la ansiada posibilidad de sentir algo en las piernas inertes. Hasta que un día, después de una noche en vela, se propuso demorar el paso de los segundos hasta lograr que el tiempo se detenga, y de allí con un esfuerzo supremo de su mente, que retroceda (sólo hasta el día de la caída del árbol, se prometió). Lo haría la mañana siguiente, en cuanto el lejano reloj marcara siete campanadas. Y así lo hizo, y después de un rato interminable empezó a escuchar primero las seis y después las cinco, hasta que se vio a si mismo saltando de la cama a la camilla, y de la camilla al suelo y del suelo a la rama del árbol, y se dijo “hasta acá”, pero las campanadas seguían marcando las horas al revés cada vez mas rápido, primero las tres y luego las dos y la una, y fue entonces que se dio cuenta que no podía parar: estaba viviendo la vida de nuevo pero para atrás, y se iba a convertir en un joven, después en un niño, luego en un bebé y finalmente en la misma nada a la que de todos modos habría llegado si se quedaba escuchando el reloj desde su cama de inválido. Cuando la enfermera lo encontró en la mañana, parecía dormido.
Todo es esperanza
Romanos, 8-24